by Omar Lopez Montenegro

En momentos en que dentro de Cuba se lamenta la muerte de Laura Pollán, y antes de ella la de Juan Wilfredo Soto García u Orlando Zapata Tamayo, se imponen los símbolos que mantengan su presencia ante el pueblo que en muchos casos desconoce sus historias.

El 19 de octubre de 1984, el Padre Jerzy Popieluszko fue asesinado por el gobierno comunista de Polonia. Al fracasar un accidente automovilístico orquestado el 15 de octubre del mismo año, el régimen puso en práctica su segunda opción. Tres bezpiecka (segurosos en el lenguaje popular cubano) interceptaron el automóvil en que viajaba el capellán de Solidaridad en un bosque situado en las afueras de la ciudad de Bydgoszcz, y secuestraron al sacerdote tras propinarle una brutal golpiza que lo dejó inconsciente. Acto seguido lo introdujeron en un saco, y lo lanzaron sobre una camioneta.

Sin embargo, a pesar de los planes y los recursos de las tres P (policía política polaca), el plan no funcionó de acuerdo a lo esperado. El chofer de Popieluszko logró escapar y alertó a los asistentes a una misa en Bydgoszcz sobre lo sucedido, y el propio sacerdote, quien recuperó el conocimiento durante la travesía, saltó de la camioneta a la entrada de la ciudad de Torun y logró desplazarse unos metros antes de ser nuevamente capturado.

Según el propio testimonio de los asesinos en el juicio que se celebró en su contra, Popieluszko todavía estaba vivo cuando fue finalmente arrojado a las aguas del río Vístula, tras rellenar con piedras el saco en que iba envuelto. Nunca se rindió, nunca dejó de luchar por su vida. Más de 250,000 personas asistieron a su sepelio en Varsovia, la más grande concentración opositora en Polonia bajo el comunismo. Fue reconocido como un mártir de la fe católica, y beatificado el 6 de junio de 2010.

Janusz Pietak era uno de los asistentes a misa cuando el chofer de Popieluszko llegó a avisar que el padre había sido secuestrado por los bezpiecka. De inmediato se reunió con tres amigos y decidieron que había que hacer algo, sólo para impedir que el brutal asesinato pasara como un crimen más del comunismo en Polonia. A 48 horas del trágico suceso, confeccionaron una cruz de siete pies de altura y ayudados por un caballo, intentaron cruzar el Vístula para clavarla justo en el lugar donde el sacerdote había sido plagiado por sus asesinos.

El caballo se ahogó en medio del cruce, por lo que Pietak y sus dos compañeros se echaron la enorme cruz al hombro y culminaron la travesía. El bosque estaba acordonado por tropas antimotines, las temibles ZOMO, pero lo que nunca imaginaron los agentes represivos fue que tres hombres tuvieran la determinación de cruzar las heladas aguas de octubre y penetrar la foresta por la retaguardia. En 6 minutos plantaron la cruz, y se retiraron por el mismo lugar que vinieron sin ser detectados.

Este relato no es fruto de ninguna fantasía novelesca, me fue contado personalmente por Janusz Pietak en marzo de este año, cuando fui invitado por el Instituto Lech Walesa a la celebración por el aniversario de los sucesos de Bydgoszcz. De la mano de este auténtico héroe y los veteranos de la Asociación Polaca de Víctimas del Comunismo, recorrí en una guagua el Via Crucis de Jerzy Popieluszko, y juntos llegamos al punto del Vístula donde fue arrojado su cadáver.

Allí está todavía una pequeña y rústica cruz hecha con dos tubos de asbesto cemento, colocada a sólo 24 horas de conocerse el asesinato del capellán de Solidaridad. Los comunistas la retiraron en múltiples ocasiones, sólo para ver cómo manos desconocidas volvían a erigirla cada noche, en una verdadera demostración de coraje y persistencia cívica.

Cuando le pregunté a Janusz Pietak qué le motivó a arriesgarse en semejante empeño, me sonrió desde sus más de seis pies de estatura y me dijo: ”El padre murió por nosotros, lo menos que podíamos hacer era vivir como él nos enseñó”.

Ahí está la respuesta, en las acciones de hombres como Janusz Pietak y los veteranos de la Asociación que mantuvieron la cruz contra viento, marea y represiones, quienes escogieron ser protagonistas en vez de víctimas. Para hacer lo que hicieron, ninguno de ellos recibió órdenes de nadie más que su conciencia, y no buscaron impactar con sus acciones a nadie más que a quienes le rodeaban, para motivarlos también a la acción.

En momentos en que dentro de Cuba se lamenta la muerte de Laura Pollán, y antes de ella la de Juan Wilfredo Soto García u Orlando Zapata Tamayo, por sólo mencionar los casos más recientes, se imponen las cruces por su memoria, los símbolos que mantengan su presencia ante el pueblo que en muchos casos desconoce sus historias. Más allá del dolor, se impone una realidad concreta que represente vivir como ellos.

Janusz Pietak recibió este año la Medalla de Oro al Mérito, de manos del Presidente de Polonia. Yo estaba allí cuando le fue conferida, y junto con él brindé por ese justo reconocimiento a este hombre sencillo, y siempre sonriente. Durante los días que pasé en Bydgoszc no paró de llover, pero curiosamente, al tomar la carretera para reeditar el Via Crucis de Popieluszko, el sol nos acompañó durante todo el trayecto.

Al comentar esta coincidencia con Janusz Pietak, me espetó casi a bocajarro: “¿Sabes lo que decía el padre? La libertad está dentro de nosotros, somos nosotros quien escogemos cederla, nadie nos la quita. El sol de la libertad también saldrá para Cuba”. No me cabe dudas que es cierto, pero primero tiene que nacer dentro de nosotros.